Estaba pensando el otro dia que el árbol de caqui, también conocido como palosanto o persimón, es uno de mis arboles y frutos preferidos desde que vivo en Italia.
Cuando muy joven estuve enamorada, tenia unas frutas favoritas diferentes. El gusto cambia. Alrededor de mis 27 años empecé a caminar sola por las mañanas, al rededor de 12 km. Iba seguido a Villa Ghigi, un parque que se extiende por 28 hectáreas a las afueras de Bolonia.
Todo el planeta parece estar durmiendo, teniendo pequeñas pesadillas sin pausa, una detrás de otra. Algunos seres en vela pasan desapercibidos, otros van por el parque especialmente para recorrer un cierto camino, bordeado de arboles de caqui, uno detrás de otro.
Comer fruta es uno de los placeres mas sencillos y mas ricos que existen. Siempre recuerdo con felicidad cuando mis parejas me sorprendían con frutas de regalo. En verano recibía cestas de higos o de cerezas, en otoño a veces recibía granadas enormes… luego en mis caminatas matutinas empecé a recoger cacos.
Para mi siempre ha sido un momento sensual.
Recoges algunos frutos caídos, tomas asiento en toda calma en medio del verde, un poco húmedo y frio, todo es gris a tu alrededor, el caco es de un naranja rojizo profundo, es voluptuoso, es frágil y sientes todo su peso con tus dos manos. Es mermelada pura.
Justamente antes de comerlo, con la boca nada de cucharitas siento siempre una emoción particular, entre un deseo punzante, una nota aguda de tensión, de poder recibir un dulce así de sencillo, frágil e intenso en una sola fruta.
La emoción del otoño la quiero concentrar toda aquí, en el recuerdo de gestos sencillos y bonitos del pasado, en el deseo de una temporada llena de frutos y sobretodo, de cacos intensos. Ahora que vivo en Venecia, confieso que veo seguido el hermoso árbol de caco en frente del jardín de Scarpa, un caco mas alto de lo normal a mi parecer. No veo la hora que alguno caiga o pueda pasar sigilosamente una mañana a recoger uno o dos cacos del árbol.
love in fruit
The other day I was thinking about the persimmon tree, also known as palosanto or caco. Since moving to Italy, it has become one of my favourite trees and fruits.
When I was very young and in love, I had different favourite fruits. Taste changes. Around the age of twenty-seven, I started walking alone in the mornings, about twelve kilometres at a time. I would often go to Villa Ghigi, a park that stretches across 28 hectares on the outskirts of Bologna.
It seemed as if the whole planet were asleep, having one small nightmare after another, without pause. Some creatures awake and unseen passed through, while others came to the park especially to walk a particular path, lined with persimmon trees, one after another.
Eating fruit is one of the simplest and richest pleasures there is. I happily remember the times when my partners surprised me with fruit as a gift. In summer, I would receive baskets of figs or cherries; in autumn, sometimes enormous pomegranates. Then, during my morning walks, I began picking persimmons.
For me, it has always been a sensual moment.
You pick a few fallen fruits and sit down quietly in the middle of the green, slightly damp and cold. Everything around you is grey. The persimmon is a deep reddish orange, voluptuous and fragile, and you feel its entire weight in both hands. It is pure jam.
Just before eating it — with my mouth, of course, no little spoons — I always feel a particular kind of emotion: somewhere between a sharp desire, a high note of tension, and the wonder of being able to receive something so simple, fragile, and intense in a single fruit.
I want to concentrate the whole feeling of autumn here: in the memory of simple and beautiful gestures, in the desire for a season full of fruit, and above all, for intensely ripe persimmons.
Now that I live in Venice, I often see the beautiful persimmon tree in front of the Scarpa garden. To my eyes, it is taller than most. I cannot wait for one of its fruits to fall — or for the chance to quietly pass by one morning and pick one or two from the tree.
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